e-Ducar al que no quiere

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“Si tienes que estar conectado en una clase, pero quieres seguir durmiendo, en este link encontrarás un robot que se conecta por ti a la sesión” (Visto en TikTok).

 ¿Realmente valen la pena todos los esfuerzos públicos, privados y de las familias por mantener activos los procesos de formación de los niños y jóvenes, cuando ellos no necesariamente están interesados en aprender?

 De la educación virtual se ha dicho y desdicho, pero en lo que coinciden los especialistas es en que el éxito de los procesos de enseñanza - aprendizaje bajo estos modelos se relaciona directamente con el nivel de compromiso de los participantes en su formación; esto significa que, solo será posible una educación efectiva en la medida que los estudiantes sean conscientes de la responsabilidad que asumen – en paralelo también está la responsabilidad de los docentes con hacer más que ‘copiar-pegar’ entre sus clases presenciales y virtuales, para optimizar los recursos digitales y realmente explorar su potencial, pero por ahora ese tema lo dejaremos de lado –.

Bots que se conectan a una sesión virtual y están ‘presentes’ en nombre del estudiante que les encomiende la tarea; soluciones basadas en inteligencia artificial que además de conectarse pueden dar respuestas automáticas cuando se les haga una pregunta, usando frases pre-hechas como ‘Profe, tengo problemas con el micrófono’; consejos para falsear el estar transmitiendo en vivo, con cámara y todo, cuando en realidad se está ausente; herramientas que reescriben los textos de Wikipedia para generar ensayos como nuevos a un solo clic (solo se requiere pegar la URL del contenido original y determinar el número de páginas que se espera tenga el resultado final - ¡Hasta gráficos y normas APA puede incluir!).

 Todo gratis, todo al alcance de los jóvenes ávidos de aprender vía TikTok, bienvenidos a la democratización de la información.

 Creamos la tecnología para nuestro beneficio, pero no nos damos cuenta que este tipo de gangas traen consigo la maldición de la ignorancia en tiempos en que el conocimiento es moneda de cambio.

 Hace un par de meses, al inicio de la cuarentena, me llegó una sabia frase: “La educación es un servicio por el cual todos quieren pagar, pero nadie quiere tomar” (Visto en Twitter). Tal vez la generalización del ‘todos’ no sea correcta, pero no podemos negar que el experimento masivo de virtualización forzosa y extrema de la educación, en la mayoría de los casos, no está funcionando como quisiéramos.

 Conozco a través de amigos los casos de educación pre-escolar y básica, donde las voces se suman diciendo que lo mismo que se criticaba antes es el ideal ahora: que los niños estén pegados a las pantallas hasta por 5 horas de tiempo sincrónico, mientras los profesores inventan todo tipo de artilugios para que coloreen, canten o se disfracen.

 Conozco de primera mano los casos de educación en pregrado y el panorama está hipermediado por los consejos de TikTok. Por supuesto aquí entra la habilidad del profesor para diseñar clases e integrar estrategias pedagógicas que realmente ‘conecten’ a los estudiantes con el conocimiento impartido.

 He gozado también la formación de postgrado mediada por tecnologías – incluso desde antes del aislamiento – y el resultado es muy distinto, tal vez sea por aquello que llaman madurez o simplemente porque habitualmente quienes asumen el costo de esta educación son los mismos que serán sus beneficiarios.

¿Realmente vale la pena todo el esfuerzo del gobierno, de las instituciones y de los padres, ahora profesores, por redefinir a trancazos el presente y futuro de la educación, cuando muchos estudiantes ni siquiera ven valor en lo que se les intenta brindar?

Aclárese que yo misma tengo la fortuna de ser profesora y, además, soy una férrea defensora de la importancia de la educación y cómo está da los cimientos para el crecimiento personal y profesional. Aquí no se trata de decir que no a la educación virtualizada, sino de pensar que, al mejor estilo de cualquier tipo de negocio, de qué sirve tener el mejor producto si los posibles usuarios no están interesados en consumirlo.

¿A quién le sirve esta educación forzosamente virtualizada?, ¿a quién le sirve el cambiar del 0 al 5 por el aprobado / reprobado como esquema de calificación?, ¿a quién le parece rentable la inversión hecha?

Podrá ser que haya quienes sientan que el escenario digital les cambió la vida para bien y su dilema esté en si continuar con su institución actual en proceso de migración o desertar para pasarse a un programa creado específicamente para la virtualidad. También podrá ser que otros deserten porque sencillamente no encuentran razón de ser a entrar a la videoconferencia sin realmente estar ahí. No olvidemos a quienes no le importe nada y siguen por la vida en modo avión, conectados pero ausentes, y con una meta fija en obtener el prestigioso cartón que, por fortuna, cada vez el mercado laboral reconsidera al momento de contratar.

El sufijo ‘tele’ debería venir con una nota al pie que haga énfasis en que su correcta aplicación depende del contexto y las prácticas bajo las cuales se dé: tele-trabajo, tele-medicina, tele-educación… 

Hacemos parte de la sociedad de tránsito entre las prácticas de lo que pronto se entenderá como un lejano pasado y el nuevo mundo de la Cuarta Revolución Industrial, ¿será que es tiempo de darnos cuenta que lo que necesitamos replantear es nuestra relación con el mundo y las responsabilidades que le cargamos a la tecnología para lograr aquello que hoy no sabemos cómo valorar?

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Más reflexiones sobre los impactos de lo digital en la vida social, económica y el desarrollo sostenible en @amolanor

 

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