Resiliencia Climática Corporativa
A pesar de la relevancia del tema, el abordaje de la crisis climática por las empresas en nuestra región es limitado. Y aunque se cuenta con multinacionales que han hecho compromisos públicos para apostar a la descarbonización de sus operaciones, y hasta lograr cero emisiones netas al 2050, alineándose de esa forma a los objetivos mundiales, la verdad es que son un número limitado de empresas.
Mientras que el Acuerdo de París busca limitar el aumento de la temperatura global promedio a 1.5 °C por encima de los promedios preindustriales para fines del año 2,100, según proyecciones del IPCC, la autoridad científica en cambio climático, existe un 20 % de probabilidad de que el mundo alcance o supere ese nivel de calentamiento antes del 2030. Y eso asusta muchísimo, pues solo veamos lo que ya estamos sufriendo con menos de 1.2 °C de aumento promedio en la temperatura hoy en día. La reducción urgente de emisiones de gases de efecto invernadero se vuelve un imperativo.
Y a pesar de que no somos una región significativa en términos de emisiones (por ejemplo, las emisiones históricas acumuladas de Guatemala andan por el orden de 415 millones de toneladas de CO2, mientras que las de Estados Unidos y China, andan por 400 mil millones y 200 mil millones de toneladas respectivamente), si somos una de las regiones más vulnerables ante los impactos del cambio climático por nuestra ubicación en los trópicos. Pero también la degradación actual de nuestros recursos naturales contribuye a aumentar la vulnerabilidad climática.
Está claro que la industria tiene un papel clave que jugar. Las empresas necesitan prepararse tanto para los riesgos físicos asociados con el cambio climático, así como para la transición asociada hacia una economía de” cero” emisiones. Acá estoy hablando de medidas de adaptación ante la realidad climática y de vulnerabilidad que tenemos, y medidas de mitigación de gases de efecto invernadero. Sin embargo, la mitigación y la adaptación presentan diferentes desafíos: La mitigación es un desafío global, equivale a reducción de gases, mientras que la adaptación requiere tratar los impactos y los riesgos, que tienen el potencial de ser mucho más diversos y focalizados. Para la industria, esto significa desarrollar e implementar estrategias de mitigación y objetivos globales o regionales en nuestro caso, atados a los planes de Gobierno, a la vez que se abordan riesgos locales, y que pueden afectar el recurso hídrico, los ecosistemas, y las comunidades vecinas, con el respectivo impacto en las operaciones y la cadena de suministro de las empresas.
En ese sentido las empresas deben apostarle a la resiliencia climática y esto implica prepararse ante los riesgos físicos asociados con el calentamiento global y al mismo tiempo transicionar hacia un modelo de cero emisiones. Una industria verdaderamente sostenible también trabaja para proteger la naturaleza y lograr comunidades resilientes.
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Al final, la resiliencia climática corporativa equivale al espacio seguro donde operar (business continuity), y significa desarrollar e implementar estrategias y planes que traten la mitigación, la adaptación, y la transformación requerida para una economía de cero emisiones, que genere valor económico, social y ambiental.
Este tema es vital para todos los sectores de la economía, pero se perfilará diferente en todas las industrias y actividades. Por ejemplo, el sector agroalimenticio y las industrias intensivas en el uso del agua son muy vulnerables a los riesgos físicos relacionados con el clima. Desde mi perspectiva, las empresas tienen que visualizar el riesgo climático en función de la amenaza y de la vulnerabilidad de los lugares donde operan.
A manera de ejemplo, les comparto algunos riesgos directos a los cuales ya se enfrentan algunas empresas: daños a activos físicos e interrupción del negocio debido a condiciones meteorológicas extremas; escasez de agua y cambios de temperatura, lo que impacta sobre el rendimiento, salud o productividad de los activos y el personal; aumento del nivel del mar/invasión de las costas con los consecuentes daños a la propiedad y otros activos; y condiciones peligrosas para el trabajo de la plantilla, como las olas de calor.
Es sumamente crítico para nuestros países que se puedan dimensionar adecuadamente estos escenarios climáticos para que todos los sectores puedan prepararse y adaptarse con antelación. Lo ideal sería que cada país cuente con un Plan Nacional de Adaptación robusto, donde las acciones de las empresas sean complementarias a las macro inversiones que debe hacer el Estado, incluyendo las municipalidades.
Pero con un Plan Nacional de Adaptación al cambio climático, o sin él, la adaptación eficaz por parte de una empresa va a requerir de una gestión de riesgos robusta y la mejora de la capacidad de reacción de la misma. Claramente, las empresas deben apostarle a reducir la exposición de sus activos, incluyendo sus empleados, y volverse más resilientes ante estas proyecciones del cambio climático, protegiendo sus operaciones principales en el largo plazo.
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